El día en que se nos acabó el petróleo

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(Seguimos con la onda ciencia-micción, que inauguramos con el post futurista del Mundial de Fútbol)

La mañana del 15 de noviembre del 2046 no fue una mañana común y corriente en la República Postbolivariana pero aún Socialista de Venezuela. Apenas despuntaba el día, la noticia sacudió los medios de comunicación. Lo que se intuía desde hacía ya unos años, sencillamente ocurrió. El único pozo que quedaba activo en Venezuela se nos secó. ¿De qué iba a vivir el país, obstinado monoproductor durante un poco más de un siglo?

Desde tempranas horas de la mañana, todos esperaban alguna información oficial. Rumores iban y venían. “Compren atún… están saqueando en Guarenas… con razón; el amigo de un primo de un vecino, que es militar, me contó que desde ayer no está vendiendo gasolina… va a haber racionamiento de luz”. A las 7 de la mañana se informó que en apenas minutos el presidente se dirigiría a la nación. A las 11 y 30 de la mañana, apenas se despertó el presidente, comenzó la cadena. En este comunicado, el gobierno insistía que la situación estaba absolutamente controlada, y que todos los órganos competentes del estado estaban implementando operativos de contingencia. Se exhortaba finalmente a la ciudadanía a no perder la calma. Como era de esperarse, apenas terminó la cadena, la población entró inmediatamente en pánico.

El panorama era sencillamente apocalíptico. Una de las primeras medidas del gobierno fue el cobro inmediato de cualquier factura petrolera a futuro a otros países. Por supuesto, todos se acogieron a las cómodas condiciones de negociaciones hechas sin ton ni son, y pidieron un plazo de 10 años para pagar. Esto ocasionó la caída de la Bolsa de Caracas, la primera señal del final del mundo. Del “colacso”.

Tras la caída de la Bolsa, los pocos inversionistas privados que quedaban en el país huyeron. Miles de personas quedaron en la calle. Al no haber personas con sueldo, los buhoneros, que se contaban por millones, también se declararon en bancarrota. Sin nóminas y sin el circulante que movilizaban los buhoneros, segunda fuente de ingresos del PIB desde el año 2019, los bancos se estrellaron contra el suelo. Ese fue el día en que no hubo dinero en la calle.

La Asamblea Nacional nombró una Comisión de Alto Nivel de Enlace con la Comisión encargada de estudiar la situación de Energía y Minas, pero como no tenían cómo cobrar los sueldos y viáticos diarios, los diputados se declararon en huelga.

La primera muestra de nerviosismo oficial vino del alcalde de Caracas, ciudad que en esta era postbolivariana había recuperado su orgulloso nombre de “Ciudad de los Hechos Rojos”:

– Por todos es sabido, esteee, el proverbial mal comportamiento cívico, eeeeeehh…. del caraqueño al volante. Por ello, esteeee, en uso de la autoridad que me confiere la Ley, y el poder investido en mi persona por, eeeesteeee, el pueblo caraqueño, decreto que toda infracción de tránsito, será penalizada con el 1000% de lo que indicare, ehhhh, la Ley de Tránsito Terrestre.

Los jalabolas de rigor aplaudieron. Lo que no sabía el Alcalde es que sin gasolina y sin dinero en la calle, no había conductores a quien multar, ni dinero para pagar cualquier eventual multa.

Un experto petrolero, en televisión, dijo “Arturo Uslar Pietri ya lo había dicho: teníamos que sembrar el petróleo. Ahora nos damos cuenta de la validez de esta frase”. La entrevistadora, exmiss y 90-60-90, preguntó quién era ese señor.

La primera medida más o menos efectiva para paliar la situación no vino del gobierno: los millones de venezolanos que vivían en el exilio comenzaron a mandar remesas de efectivo para sus familiares. El gobierno, al darse cuenta de esto, comenzó a pechar estas remesas con un 60% de impuesto. Las remesas cesaron. El caos continuó.

En pueblos del interior comenzó el trueque. En las grandes ciudades, el saqueo compartía las calles con la prostitución y la anarquía. No habían servicios básicos. Los hospitales funcionaban a media máquina, como siempre. Los pocos afortunados con recursos se mataban literalmente en Maiquetía por los escasos pasajes para el exterior. Colombia y Brasil, nuestras naciones “hermanas”, cerraron sus fronteras y reforzaron la vigilancia por aire y por tierra. Tenían orden de disparar contra cualquier venezolano que intentara cruzar las fronteras. Los venezolanos comenzaron a lanzarse en balsas al mar Caribe, y unos cuantos llegaron a Haití, adonde fueron apresados por la armada haitiana y deportados.

Ante el caos económico, el gobierno intervino militarmente los bancos, pero al violar las cajas fuertes, los funcionarios se dieron cuenta que alguien se les había “adelantado”. Los banqueros se habían ido, pero no se fueron con las maletas vacías. Se empezó a imprimir dinero por montón, pero al ser dinero inorgánico, tenía muy poco valor.

Como era de suponerse, el gobierno no tardó mucho en caer. Pero no necesitaron de empujón alguno: cuando las turbas llegaron a Miraflores, descubrieron que ya el presidente y su comitiva se habían ido hace días, también con sus maletas bajo el brazo. El país estaba a la deriva.

Dicen que en estos trances es donde sale a flote lo mejor y lo peor de los pueblos. Después de un mes de anarquía extrema, alguien decidió que era momento de empezar a poner orden en el asunto. Sin petróleo, sólo el trabajo podría sacarnos a flote. El estado se redujo a unos pocos ministerios, se acabó con la burocracia innecesaria y se premió la efectividad y los méritos en el trabajo. Se persiguió la corrupción severamente, hasta hacerla desaparecer prácticamente. Los venezolanos, organizados espontáneamente, se dieron manos solidarias, y comenzaron a trabajar voluntariamente en la reconstrucción de sus ciudades. En el turismo. En la agricultura y la ganadería. En la minería, ecológica y sustentable. En la producción de bienes y servicios. Poco a poco la economía floreció de nuevo. Al unísono, la gente comenzó a valorar el ahorro, a entender que los recursos eran escasos y que había que administrarlos con prudencia. Aprendimos a no ser ostentosos, a vivir sin lujos, a ser ordenados y económicos. Aprendimos a valorar la educación, a no ver tanto la apariencia sino la sapiencia. Bajaron los índices de pobreza y delincuencia. Subió la esperanza de vida, la natalidad.

Al poco tiempo, las revistas y los diarios de todo el mundo comenzaron a hablar del “milagro venezolano”. “Se despierta el gigante latinoamericano”. Todas coincidían en que un pueblo trabajador había hecho frente a la adversidad con inteligencia y voluntad. Alguien hasta se atrevió a decir en la TV que para cumplir el sueño de Uslar Pietri, Venezuela tuvo que sentir en carne propia lo que era vivir sin petróleo.

Fue la década de oro de Venezuela. La única década en la que no tuvimos petróleo. 8 años de bonanza ininterumpida, con un crecimiento sostenido de 10, 15% anual. Fuimos, en serio, la envidia del mundo. Hasta que un cuerpo de ingenieros descubrió, cerca de Caracas, adonde estaba el Cementerio General del Sur, un inmenso yacimiento de petróleo. Desde el siglo XIX, enterramos al azar millones de muertos; muertos sobre muertos, muertos en fosas comunes, muertos enterrados sin urnas. Muertos por desastres naturales, muertos por violencia, muertos que nadie reclamó, todos iban a parar a fosas comunes, fosas apenas identificadas. Todo esa mortandad enterrada, con el paso de los años, se transformó en el yacimiento de petróleo más grande descubierto en la Historia. Señoras y señores: durante siglos, sin saberlo, estuvimos sembrando el petróleo.

Los venezolanos volvieron a descubrir que podían pasar un día entero cayéndose a palos y tener al mismo tiempo una máquinita sacando plata por ellos. Se abandonó el campo, el turismo, la industria. Se comenzó a valorar de nuevo la viveza por encima del esfuerzo. En las siguientes elecciones, un candidato llegó ofreciendo plata, caña y techos de zinc, y ganó con el 75% de los votos. Ante el deterioro progresivo de las condiciones de vida, el nuevo gobierno comenzó a decir que la CIA había metido sus sucias garras en el país. Volvimos a vivir en ranchos, volvimos a robar, a ser ineficientes y corruptos. Volvimos a regalar lo nuestro, a viajar por todo el mundo gastando la plata del mañana, derrochando, ostentando. Viviendo como si el petróleo fuera a durarnos toda una vida. Volvimos a ser lo que somos, una pobre gente que se cree mejor que nadie. Una cagá e país.

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15 Responses to “El día en que se nos acabó el petróleo”


  1. 1 Matamuerto 25 agosto, 2007 en 4:02 pm

    No somos nadie…

  2. 3 gj 26 agosto, 2007 en 9:58 am

    -. Es increible como una narración de apenas unas cuantas líneas explique el pasado, presente y futuro de un país en el cual, las personas que lo habitan, no entienden todavía que la única forma de salir de abajo es trabajando…
    -. Hay una frase que aplico cada vez que alguien no quiere recibir un consejo que lo va a ayudar y es: “hay dos formas de aprender, o agarrando consejo, o agarrando coñazos”…
    -. Lastimosamente, a el venezolano le fascina la segunda opción…

  3. 4 Daniel 26 agosto, 2007 en 12:41 pm

    ……………….. es duro el ciclo de la vida……………..

  4. 5 Felixmen 27 agosto, 2007 en 2:38 pm

    Como dice gj “aprender agarrando coñazos”, pero yo creo que en Venezuela, aún, no hemos llevado coñazos de verdad…Cagá e País…

  5. 6 Juanbrujox 31 agosto, 2007 en 11:43 am

    Impresionante relato. Y excelente el que se concrete que somos unos pobres pendejos que cagamos mas arriba del culo, que no somos ricos nada, y que algun día la bonanza que muchos viven se va a acabar

  6. 7 Tucán con afro 31 agosto, 2007 en 9:45 pm

    ¡Qué Desorden!:
    –Mal amamantada… Quiere un tetero de petróleo que se acaba… Con el tetero de petróleo lo único que queda es un círculo vicioso…

  7. 8 El Fantasma de Canterville 2 septiembre, 2007 en 1:53 am

    No, cuando no se producía todavía petróleo TAMPOCO teníamos un país exitoso con una ciudadanía productiva.

  8. 9 profeballa 15 septiembre, 2007 en 11:28 pm

    Excelente! busco desde hace tiempo esa famosa película que termina con lo que cuentas, se llamó “Miami nuestro”

    si sabes dónde conseguirla me avisas por favor

    seguiré tublog

  9. 10 Luis 31 julio, 2008 en 1:07 am

    Ni José Saramago.

    Ensayo sobre una cagá e país.

  10. 11 HAGEN 30 octubre, 2008 en 11:00 am

    “COLACSO”… JAJAJAJAJAJA!!!!

    Y cuanto se burlaron de Uslar Pietri cuando dijo esas palabras tan esclarecidas, como nos tenía acostumbrados. Que falta que hace alguien erudíto en estos días…

    Y, mientras tanto, teniendo ilustres de ese calibre, le hacemos estatuas a guerrilleros terroristas…

    CeP

    • 12 stonfils 18 noviembre, 2010 en 2:57 am

      Totalmente de acuerdo! lo unico que afecta el mundo son los TERRORISTAS! sabiendo que los que primero pronunciaron y promovieron esa palabra son los TERRORISTAS mas grandes del mundo! USA nos usa…….. cambiemos esa realidad, pero empecemos creando conciencia y creciendo intelectualmente! te invito a que visites mi blog http://stonfils.wordpress.com/

  11. 13 stonfils 18 noviembre, 2010 en 2:53 am

    uff compañero muy pero muy interesante tu post, me alegra saber que hay personas que al igual que yo se preocupan por lo que todos no deberiamos preocupar, pero que graacias a a desinformacion de los medios y la manipulacion del sistema no se sabe! te invito a que visites mi blog! http://stonfils.wordpress.com/

  12. 14 Maigualida Perez 9 diciembre, 2014 en 6:14 pm

    2014,ESTAMOS VIENDO EN ESTE AÑO EL SUFRIMIENTO DE UN GOBIERNO CORRUPTO, QUIEN HA LLEVADO AL PAÍS A UN DESASTRE, Y LAMENTABLEMENTE LOS QUE NOS OPONEMOS A ESTE GOBIERNO NO HEMOS ENCONTRADO LA FORMA DE SACARLO, NO HAY UNIÓN, LA GENTE TRANQUILA, PURA QUEJADERA, CARAJO ES QUE ME AVERGÜENZA DECIR QUE SOMOS UN PUEBLO ESTÚPIDO, NO APRENDEMOS, TOTAL NO NOS MERECEMOS UN PAÍS MARAVILLOSO CON TODAS SUS RIQUEZAS, PARA MERECERLO SUS HABITANTES TIENEN QUE TENER CEREBRO, Y EL PETROLEO BAJA Y BAJA Y NADIE REACCIONA

  13. 15 Maximiliano putardo 27 marzo, 2016 en 3:49 pm

    Te Van A cojer
    Mangas de putos


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