Amargura, tristesse y disociación (I)

A veces uno se encuentra en medio de una actividad de esparcimiento y de manera abrupta se da de bruces contra la realidad. En el momento menos esperado, justo cuando creemos estar protegidos por un enorme muro que nos separa de la realidad amenazadora, los bloques empiezan a caer uno por uno y nos vuelven a dejar a merced de las inclemencias de la vida.

Ese muro que nos separa de la realidad durante el esparcimiento es solo una estructura mental,  una estructura que nos cuesta mayor o menor esfuerzo en edificar pero que de un momento a otro cae derribado como un castillo de naipes, que queda aplastado ante el inmensurable peso de lo cotidiano.

En esta ocasión mi muro era la lectura. Cómodamente en mi cama empecé a leer el capítulo llamado “Hüzün” del libro “Estambul” de Ohran Pamuk. Hüzün, explica el autor, es una palabra turca de raíz árabe y que puede traducirse como “amargura”. La tesis de Pamuk en este capítulo es cómo ese sentimiento es el dominante en su ciudad natal, otrora capital del Imperio Otomano, uno de los más grandes e importantes de la historia de la humanidad.

Pamuk enfatiza la diferencia entre la amargura y la melancolía. Según el autor y las fuentes que consulta, esta última estimula la imaginación y puede producir un estado o sensación de soledad. La amargura, en contraparte, es un sentimiento compartido y por ello puede hablarse de cómo una ciudad puede ser más o menos amarga. Cita al extraordinario Claude Lèvi-Strauss y su concepto de tristesse, que el antropólogo francés asocia a las ciudades del trópico (a las que, en una clara muestra de determinismo geográfico, Levi-Strauss agrupa no sólo por su clima y geografía sino también por su condición de extrema pobreza). Para Pamuk, la situación de Estambul se diferencia de la de las ciudades del trópico no tanto por los asuntos geográfico, climático o económico, la diferencia para él radica en que “en Estambul la Historia y los restos de las victorias y las civilizaciones del pasado están demasiado próximos.”

Dice Pamuk:

“… ahora estoy intentando hablar no de la melancolía, sino de la amargura, que tanto se parece a aquella, y que nosotros asumimos con orgullo y que compartimos como comunidad. Eso significa que hay que observar los lugares y los momentos en que se confunden el sentimiento mismo y el entorno que hace que la ciudad lo sienta. Hablo de los padres que regresan a casa con una bolsa en la mano bajo la luz de las farolas suburbiales en noches que caen demasiado pronto. Hablo de los libreros ancianos que se pasan el día tiritando de frío en sus tiendas esperando un cliente después de una de esas crisis económicas que se producen cada dos por tres; de los barberos que se quejan de que los hombres se rapan y se afeitan menos después de la crisis; de los marineros que, cubo en mano, limpian los viejos vapores del Bósforo amarrados a muelles vacíos con un ojo en la lejana y pequeña televisión en blanco y negro y que poco después se quedarán dormidos en el barco; de los niños que juegan al fútbol entre los coches en estrechas calles adoquinadas; de las mujeres de cabeza cubierta que llevan bolsas de plástico y que en remotas paradas esperan sin hablar entre ellas un autobús que nunca llega […] de las multitudes que corren a toda prisa para no perder el transbordador las tardes de invierno; de las mujeres que por las noches esperan a sus maridos que no acaban de llegar, y que entreabren las cortinas para echar un vistazo a la calle; de los ancianos con casquetes de punto que venden en los patios de las mezquitas opúsculos religiosos, rosarios y ungüentos para peregrinos […] de los miles de casas cuyas fachadas han perdido el color por la suciedad, el óxido y el hollín […] de los enormes caserones centenarios de los que en el día más frío del invierno apenas surge una delgadísima columna de humo de la única chimenea […] del hedor a mal aliento del cine de techos dorados en tiempos famoso y ahora convertido en sala porno por cuya puerta entran hombres avergonzados; de las calles en las que no puedes ver ni una sola mujer en cuanto se pone el sol; del gentío que se acumula los días de viento del sudoeste, medio calurosos, medio borrascosos, a las puertas de los burdeles controlados por el ayuntamiento; de las mujeres jóvenes que hacen la cola a la puerta de las carnicerías donde se vende carne barata […]  de los carteles de los muros, rotos y garabateados por todas partes; de los agotados coches americanos de los cincuenta que sirven de taxis colectivos, que gimen rezongando mientras suben cuestas pronunciadas por las sucias calles de la ciudad y que de tratarse de una ciudad de Occidente ya estarían en un museo; de las multitudes que llenan los autobuses hasta la bandera; de las mezquitas a las que le roban continuamente los caños y el plomo que recubre las cúpulas […] de los niños pequeños que intentan vender en la calle un paquete de pañuelos de papel al primero que se le ponga por delante […] de las victorias de los otomanos que los niños estudian en los libros de Historia y de las palizas que se llevan por la noche en casa; de la angustiosa espera a que lleguen los ‘funcionarios’ cada vez que se proclama una de las frecuentes prohibiciones de salir a la calle con la excusa de un censo, un empadronamiento o una búsqueda de terroristas; de las cartas de los lectores que nadie lee, del tipo ‘se está hundiendo la cúpula de tal mezquita construida hace trescientos setenta años en nuestro barrio, ¿qué hacen las autoridades?’, arrinconadas en una prqueña esquina de los periódicos  […] del hombre que desde hace cuarenta años vende en el mismo sitio postales de Estambul; de los pordioseros que se te aparecen en el rincón más inesperado y de los que todos los días repiten las mismas palabras en la misma esquina; del intenso olor a retrete que de repente te llega a las narices en las calles más frecuentadas, en los vapores, en los pasajes, en los pasos subterráneos […] de las dos cabras y los tres gatos aburridos en sus jaulas en ese lugar del parque de Gülhane al que de ninguna manera cabría llamar zoo […] de los estudiantes hastiados en interminables clases de inglés en las que en seis años nadie aprende a decir otra cosa que no sea ‘yes’ o ‘no’ […] de los restos de verdura, frutas, basura, bolsas de plástico, sacos, cajas de cartón y de madera que quedan esparcidos por el suelo las noches de invierno después de que levanten los puestos de los mercados […] de las jóvenes que trabajan hasta el amanecer para entregar a tiempo un pedido por el salario más mínimo de la ciudad repasando costuras y botones en pisos de las calles laterales […] de que todo esté viejo y avejentado […] y de las multitudes varoniles que regresan fumando a sus casas después de un partido de la selección nacional, y que cuando yo era niño siempre terminaban con una seria derrota.

Cuando llegamos a sentir correctamente esta emoción y los paisajes, los rincones y la gente que la extienden por la ciudad, cuando nos formamos en ella, llega un momento en que, mires donde mires, la sensación de amargura se hace tan patente en la gente y en los paisajes como la bruma que empieza a moverse poco a poco en las aguas del Bósforo las frías noches de invierno cuando de repente sale el sol.”

Mucho nos han criticado en este blog cada vez que hemos dicho que Caracas es una ciudad de mierda. De lo que no se da cuenta esa gente que nos ha criticado es que eso que hemos expresado en este blog en repetidas ocasiones, esa crítica lacerante, punzante y muchas veces hirientes de la ciudad es reflejo de ese mismo sentimiento de amargura que menciona Pamuk. No quiero decir que lo hicimos igual que él, por algo Pamuk es Nóbel de literatura y nosotros somos simples y mortales blogueros; el escritor turco describe de manera tan acertada ese sentimiento que reproduzco sus palabras en este blog en nuestro descargo. Para que esas personas que nos han criticado entiendan que detrás de la expresión “Caracas es una ciudad de mierda” se cierne un enorme dolor, el dolor de los dos autores de este blog. Ambos caraqueños. Ambos  viviendo en Caracas.

Podría ahora seguir a Pamuk y de un solo tirón escribir la cosas que hacen de Caracas una ciudad llena de amargura. Prefiero guardar las energías para la segunda entrega de este escrito, economizar palabras y el tiempo de nuestros lectores para una retahíla más ordinaria, más prosaica que la del premio Nóbel de literatura. Y no solo más prosaica por no contar con la calidad literaria de Pamuk, sino también porque en ella quisiera demostrar que Caracas ya está mucho más allá de la amargura: en esta ciudad el entorno y sus habitantes están instalados en un absoluto estado de disociación.

8 Responses to “Amargura, tristesse y disociación (I)”


  1. 1 Juanchofunk 8 agosto, 2008 a las 5:11 pm

    ¿Caracas? Creo que toda Venezuela.

    Pero lo peor de estas mágicas palabras, tanto las citadas como las propias, no está de señalar una realidad que para los críticos pareciera ser valente, o mejor dicho totalmente dura.

    Todo aquel crítico de esto solo tiene como una simple excusa que personas como nosotros somos una cuerda de apátridas que odiamos a Venezuela. Para mi es todo lo contrario, Amamos mucho mas a Venezuela porque somos como unos drogadictos o alcohólicos que aceptamos que tenemos un problema y queremos una rehabilitación. Ellos todavía están en su mundo de Adicción. Ojalá y algún día se den cuenta de la realidad antes que la “pelona” se los lleve.

    Excelente. Un saludo.

  2. 2 pedroso 8 agosto, 2008 a las 6:22 pm

    Gran comment Juanchofunk. Ese es precisamente el meollo de este blog, criticar lo que tenemos sin piedad alguna por una simple razón: porque sabemos que este presente no está para nada bien. Que solo puede ser el presagio de una tormenta. Pero lamentablemente, si me preguntas mi humilde opinión, creo que se nos está haciendo demasiado tarde… creo que el punto de no retorno lo dejamos atrás hace rato.

    Saludos y gracias por el comment

    Pedroso

  3. 3 Leon1Rey 8 agosto, 2008 a las 9:29 pm

    Aquí estoy, hermano. Compartiendo tu dolor, que es mio; y tu amargura, que tambien calienta mi alma.No solo nací y me crie en Caracas , y vivo en ella, sino que lo hago en el lugar mas terrible, en el sitio en que la ciudad deja de ser tal, así como la espalda deja de ser ella abajo. Hablo de Catia. Toda la mugre, todos los vicios, toda la muerte, no han podido con la Luz de la mañana caraqueña, ni con la dulce brisa que desciende de la montaña en las mañanas azules.Y así y todo, el dolor y la amargura es tal que ya perdí toda esperanza, y solo la tristeza mantiene latiendo mi corazón…

  4. 4 Guillermo 9 agosto, 2008 a las 12:46 pm

    En el caso de una ciudad o de un pais, NUNCA hay un punto de no retorno. Siempre es posible recuperar la ciudad y con ella a los ciudadanos y al pais entero. Se dice que la ciudad es la obra de la cual el hombre se siente mas orgulloso, es por eso que cuando estamos sumidos en este caos que es la nuestra, sentimos esa amargura y ese desanimo.
    Pero hay ciudades en el mundo que han estado PEOR y hoy en dia son hasta ciudades marca. La cosa es que estamos esperando que los dirigentes hagan su trabajo, y la verdad es que en algunos casos ese trabajo lo tenemos que hacer nosotros.

    Asi hizo el equipo del alcalde Maragall en Barcelona, cuando la ciudad no valia medio y el no era alcalde, solo parte de un grupo que se puso como meta hacer de su ciudad un mejor sitio para vivir. A la primera no lo lograron, perdieron esas elecciones. A la segunda vino la vencida, y fue el preámbulo de esa ciudad como la conocemos hoy.

    Hace falta sumar los proyectos, sumar las voluntades. Y trabajar mucho por lograrlo, sin desanimarse.

  5. 5 Blogmen 16 agosto, 2008 a las 11:38 am

    Good article.But there are inaccuracies in it.

  6. 6 Ancient Warrior 8 diciembre, 2008 a las 6:31 pm

    Soy maracucho. Amo a mi ciudad. No quiero vivir en otro sitio que no sea Maracaibo.

    Pero esa es una ciudad que tienes que vivirla y sufrirla. Nada más tienes que montarte en tu carro y cruzar el portón del estacionamiento y la transformación es total. Amas a tu ciudad, al mismo tiempo que la maldices y sueltas expresiones como “Verga es que por aquí paso el diablo y se cagó”.

    Si fuera tan fácil como en los libros, si solo se pudiera hacer como Milton Quero Arévalo, colocarle sábanas blancas imaginarias a lo que no nos gusta de la ciudad.

    No soy de los que se refieren a su querida ciudad como una mierda. No tengo corazón para hacer eso y hasta me da arrechera que lo digan, pero que coño e’ la madre puedo hacer.

    Creo que esta seria la primera vez que lo hago, y nunca a manera de chiste. Lo hago con profundo dolor. Y tambien con la esperanza de que algún dia, no me importa que ya mis nietos no vivan para verlo, la gente reaccione y haga en verdad algo para cambiarlo.

    Reconocerlo. Cuesta muchisimo, creanme. Si, Maracaibo es una mierda. Y somos nosotros mismos los que la hemos hecho asi, que la hemos convertido en un mojón mas de esta cagada.

    Cagá e’ país.

  7. 7 Thais Pastràn 27 enero, 2009 a las 11:45 am

    Buenos dias, por error entre a esta pag, y les comento que es decepcionante detallar que caraquenos se expresen asi de su ciudad. Soy de Caracas y nunca diria eso de mi ciudad.

    Les dire algo, muchas personas viven en la ignorancia de la historia de su ciudad y poco a poco se van perdiendo el valor de las cosas, por eso se pierden los valores. pero gran culpa de esto la tenemos todos, ya que al ver a una persona destruyendo o deteriorando un lugar publico nos hacemos el de la vista gorda o en muchas ocasiones no intervenimos por no vernos perjudicado, mientras que en otras, no nos importa. pues si nos tiene que importar ya que ese es nuestra cultura, nuestras creencias y muchas otras cosas.

    Como ser humano estamos en el deber de mejorar el mundo que nos rodea, por que no es solo obligacion de las madre y educadores educar a los niños y jovenes, tambien nosotros podemos poner nuestro granito de arena para mejorar al mundo.

    Y seamos critico con los medios de comunicacion, que son en parte uno de los grandes colaboradores a que se pierda los valores, que en nuestras casas y nuestros colegios nos inculcan
    recuerden que nuestros hijos y hasta nosotros copiamos actitudes estupidas como si siempre fueramos unos conductistas netos, señores en pocas ocaciones hay q serlo, pero tambien hay que ser constructivista y humanista.

    Me refiero a los medios de comunicacion por que
    estan contaminando a nuestros niños y jovenes, o no han detallado la serie somos tu y yo, esa estupides de usar un vocalulario que no saben ni de donde viene la palabra “OSEA” pues enterense que esa palabra se usaba en los tiempos de la colonia en Caracas y era para identificar a los burdeles. por eso hay que cuidar lo que ven nuestros niños y jovenes.


  1. 1 Amargura, tristesse y disociación (II) « Trackback en 8 agosto, 2008 a las 6:12 pm

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